Comencé 2009 realizando una declaración personal de boicot solidario a toda expresión sionista-israelí, e hice público manifiesto de mi rechazo de todos aquellos productos de consumo, culturales, de entretenimiento o de cualquier otro tipo producidos, patrocinados o de procedencia israelí. Al final del apunte también animé a sumarse a la iniciativa a quien así lo deseara, por lo que se puede considerar que he iniciado una campaña, al igual que muchos autores y autoras de blogs siguiendo el llamamiento de Anillo Solidario, aunque de manera totalmente diferenciada.
En los acertados comentarios realizados por iturri y por David se plantea la convenicencia o total inconveniencia de realizar un boicot que incluya productos culturales, y quiero dar una respuesta lo más razonada que pueda para explicar -sobre todo a mí, que llevo dos días dándole vueltas en mi cabeza al tema-, que ha motivado mi decisión y lo acertada o no que puede ser:
Yo entiendo un boicot como un gesto pacífico de protesta. Un boicot no asegura que se consiga nada de forma inmediata y tampoco en el futuro, pero, al igual que una manifestación en la calle, una recogida de firmas o una sentada anti o pro lo que sea, el boicot es una forma de enfrentamiento ante determinadas acciones o posturas. La diferencia con las otras formas de protesta que aludo es que un boicot puede castigar de manera directa en la economía de empresas, instituciones y personas, y es precisamente en este punto donde la cosa se pone interesante, porque si se consigue que ese castigo sea lo suficientemente significativo es cuando considero que pueden llegar los cambios. Para poner un ejemplo, si el boicot a productos israelís lo realizamos cuatro gatos, el estado de Israel ni va a tener noticias de la acción. Si el boicot a productos israelís lo ponen en práctica millones de personas te aseguro que el pueblo palestino estaría más cerca de llevar una vida más digna
Pero aunque el boicot sea seguido únicamente por cuatro gatos, al menos a los cuatro nos quedará la sensación de estar haciendo algo. Sí, ya sé que sería más llamativo y espectacular quemarnos a lo bonzo en la plaza del pueblo, pero mi nivel de compromiso no llega tan lejos. Comenzar un boicot a título personal y comunicárselo a cuatro amiguetes dudo mucho que haga temblar los cimientos de ningún sitio, pero es un gesto, una protesta, un grito de rabia. Y quien sabe, yo se lo cuento a cuatro, un chaval mexicano lo lee, se anima, y lo cuenta a otros cuatro y una estudiante filipina, motivada por uno de los amigos del chaval mexicano se entusiasma con la idea y habla con sus amigas en la cafetería de la universidad. Resultado: ya tenemos montada una campaña internacional contra el genocidio al que está sometida la población palestina. Han existido y existen en la actualidad movimientos ciudadanos de protesta exitosos que iniciaron sus actividades con mucho menos.
Hasta aquí lo tengo todo claro y bien definido en mi cabeza. La duda me ha surgido a la hora de incluir los productos culturales en el boicot.
Moral e intelectualmente no tengo ningún reparo en boicotear productos de consumo que procedan de empresas israelís, hacer una declaración contra la participación de equipos deportivos de Israel en competiciones europeas y partirme de risa cada vez que oigo o leo que Israel presenta candidato a Eurovisión. Lanzar un boicot en contra de expresiones culturales o artísticas ya es otro cantar.
Sopesé la idea de estar tratando de censurar la libertad de expresión de determinados artistas, con el agravante de que lo hacía en función de su país de procedencia, con lo que pudiera estar comentiendo tambien un acto xenófobo. Os puedo asegurar que yo no lo veo así, porque mi postura es de carácter personal y no coercitiva ni impositiva, es decir: no me opongo ni utilizaría ningún mecanismo de poder, si lo tuviera, en instituciones, empresas o de manera personal para impedir que cualquier expresión artística se desarrolle con normalidad, y mucho menos me posicionaré en contra a que la gente acuda a tal o cual espectáculo o compre determinado producto cultural.
Mi declaración consiste en que yo no acudiré a ninguno de esos actos ni gastaré un céntimo.
Aunque me muera de ganas.
Te invito a hacer lo mismo.